martes, 8 de agosto de 2017

Andorra y el Valle de Arán en el verano de 2017

Lunes, 24 de julio

A las nueve y media estábamos recogiendo a Fernando y Encarnuchi en su casa, después del susto del día anterior que estuvo a punto de que suspendiéramos el viaje. Nos esperaban más de nueve horas de viaje hasta Barcelona. Fuimos turnándonos en la conducción, y entre las paradas, el casque y las risas, no se hicieron muy pesadas. Tardé mucho en hacerme con el funcionamiento del navegador, pero al final lo conseguí, y nos llevó hasta la misma puerta del hotel.



Aún no habíamos terminado de sacar el equipaje cuando Víctor se presentó con su amplia sonrisa. Llevamos las maletas al hotel y nos fuimos en su coche a ver su casa y tomarnos una cerveza con él mientras esperábamos a Aroa. Tras un rato de charla nos fuimos a cenar a Martorell los seis. Fueron pocas horas con ellos, apenas cuatro, pero merecieron la pena. Nos dejaron en el hotel y nos despedimos.



Martes 25 de julio

 Madrugamos bastante, desayunamos y antes de las nueve ya estábamos saliendo. Conducía Fernando, mientras yo me hacía amigo de la tiílla del GPS, a la que bautizamos como Montse, ya que no paraba de hablarnos mientras pasábamos por las montañas de Montserrat. Su ayuda ha sido importantísima en todo el recorrido tanto para los controles de velocidad como para no perdernos. Así que ya íbamos cinco en el coche.



Paramos en Pont a tomar café, y como estas decidieron darse una vuelta por el pueblo en vez de quedarse en la terraza con nosotros, al rato hubo que parar para que mearan. No pongo ninguna foto porque se les ve todo el culo, ya que a  Fernando no se le ocurrió otra cosa que fotografiarlas desde lejos.



Después de tres horas y cuarto ya estábamos entrando en Andorra. Y en quince minutos Montse nos llevó hasta la misma puerta del hotel, en Andorra la Vella.




Dejamos el equipaje en recepción y fuimos a dejar el coche en uno de los innumerables parking de la ciudad ( Uno de los inconvenientes de Andorra es que no hay aparcamiento público, así que tienes que gastarte unos quince euros al día). No fue difícil encontrarlo, pero sí el hotel de nuevo, ya que nos perdimos y no había manera de dar con él. Pregunté a un policía, que amablemente nos indicó la dirección.



Ya desde el hotel Pitiusa tomamos referencias para no perdernos más, y eso que estábamos en todo el centro de la ciudad; en la avenida Meritxell, ( la calle más comercial de toda Andorra ) .



 Era hora de la cervecilla y nos sentamos en una terraza ; pedimos unas pintas y para picar una tabla de quesos, lo que hizo que se nos despertara el apetito. Dimos unas cuantas vueltas y entramos en un restaurante que estaba llenísimo de gente. Pronto comprobamos el motivo; tenían un menú de quince euros muy variado, rico y abundante.



Mientras Fernando y yo fuimos a hacer el check-in, Fabi y Encarnuchi se fueron de tiendas. Andorra es el paraíso para las mujeres, es una ciudad-centro comercial. Al estar libre de impuestos los precios están rebajados casi un treinta por ciento, y puedes encontrar verdaderas gangas.



Yo necesitaba una siestecilla, así que quedé con Fernando a las cinco y media para ir a buscarlas. Él, mientras, se dio también una vuelta, pero no las vio. Después del descanso fui a su habitación y estaba esperándome. Como sabíamos que podíamos no encontrarlas, le dijimos al recepcionista que si venían dos mujeres solas a preguntar por nosotros les dijera que habíamos ido en su busca. Efectivamente no las vimos, pero ellas fueron al hotel y les dieron otra llave. Ya cuando íbamos a llamarlas, aparecieron a lo lejos. Las llamadas dentro del país con números españoles son carísimas, así que solo hemos utilizado el wasap cuando teníamos wifi gratuita.



Nos llegamos a la oficina de información turística a pedir unos planos y nos hicimos la foto en la famosa escultura de Dalí "Noblesse du temps", con el Puente de París al fondo.



Como ellas ya habían estado comprando perfume, les habían recomendado algunas tiendas de confianza y baratas para comprar tabaco, bebidas y móviles. Hoy solo tocaba mirar y comparar precios, pero las indicaciones que les habían dado eran ciertas.



 De vuelta al hotel deshicimos las maletas y nos fuimos a patear la ciudad buscando algún sitio donde tomar algo. Había visto anunciado un Hard Rock Café, y como ellos no habían estado en ninguno, decidimos buscarlo. Después de media hora dando vueltas y patearnos casi la ciudad por completo, preguntamos; y resulta que estaba a cien metros de nuestro hotel. Estaba llenísimo y no pudimos pillar mesa, así que nos tomamos una cerveza en la barra.

Para cenar entramos en una pizzería de tres plantas con una decoración preciosa y nos pedimos cochinillo frito y dos pizzas; todo regado con su buena botella de vino y una casera.

Nos fuimos a dormir pronto porque a la mañana siguiente tocaba madrugar.

Miércoles, 26 de julio

Fuimos los primeros en la sala del desayuno, a las ocho en punto. Nos sentamos, y como no sabíamos cómo funcionaba nos comimos un paquete de galletas María y  tostadas con mantequilla y mermelada, de esas prefabricadas. Al momento llegó el camarero y nos preguntó por lo que queríamos tomar de beber y trajo unas tostadas riquísimas de pan y unos cruasanes; "¡a tomar por culo las galletas!"

Nos dirigimos al aparcamiento y, previo pago de quince euros, recogimos el coche para ir a la estación de Ordino- Arcalís. La  primera parte del recorrido fue muy tranquila, pero de pronto empezaron las curvas tan famosas que ya habíamos visto en el Tour de Francia. La carretera estaba salpicada de vacas que se cruzaban por todas partes. Hay unos cuarenta minutos desde Andorra la Vella.




Una vez en la estación, dejamos el coche y empezó la subida a los Lagos de Tristaina. Todo está muy bien señalizado. Hacía mucho fresquito, pero lo empinado del primer tramo, hizo que estorbara ya el chubasquero. Cuando llegas arriba se te cae la baba del paisaje tan bello que se contempla.



Hicimos el recorrido de los tres lagos: El Primer, el Més Amunt y el Mig. En el Primer, nos encontramos caballos percherones pastando tranquilamente en sus orillas.



Lo rodeamos haciendo cientos de fotos, y tras una breve ascensión y un falso llano salpicado de subidas y bajadas, llegamos al segundo, el más grande de todos. Ahí hicimos una parada para tomarnos una manzana y yo fumarme un cigarro. Más y más fotos.




Hasta el tercero y haciendo un recorrido casi circular se tarda un poco más, pero como vas bordeándolo y está unido por un arroyo, se hace el paseo muy agradable y las vistas son espectaculares. Los Pirineos no tienen nada que ver con Sierra Nevada, ya que predomina el verde.




Ya acababa de llegar la marabunta y aquello parecía la Gran Vía. Cientos de excursionistas se disponían a hacer el mismo recorrido que nosotros acabábamos de realizar. Es una excursión fácil de hacer, preciosa y que apenas te lleva dos horas y media. Es muy recomendable para una primera toma de contacto con los Pirineos.




A la vuelta paramos en Ordino, que es uno de los pueblos más bonitos de Andorra, para visitarlo y almorzar allí hoy. Realmente es precioso.



Ya era hora de cerveza, y nos sentamos en una terraza a saborear una. Vimos el menú y no nos convenció, así que nos fuimos al centro del pueblo, cerca de la iglesia y el ayuntamiento, que es donde están todos los restaurantes.



Vimos uno con un menú del día muy apetecible. Lo malo es que nos tocó un camarero malafollá que lo decía casi todo en catalán y que apenas nos dio tiempo ni a escoger. La comida estuvo estupenda, así como el vino, pero el tío "esgraciao" que nos tocó, puso una nota negativa en el almuerzo. No hay ningún problema con el idioma en Andorra, porque a pesar de ser el catalán el idioma oficial, todos hablan un castellano perfecto y se dirigen a ti en él en cuanto te escuchan hablar en español, aunque ese día topamos con un gilipollas.



Dimos un último paseo por el pueblo y ya nos dirigimos a los aparcamientos de Andorra. Nos dimos una hora para la siestecilla, y a las cinco salimos a rematar las compras. Encontramos una oferta irresistible de Bombay Sapphire de litro por once euros y compramos tres; como regalo una botella de 20cl por cada una. También compramos el tabaco, y yo dos móviles que tenía ya vistos del día anterior.



Soltamos la compra y decidimos acercarnos al Parque Central para ver dónde estaba la entrada al recinto del Circo del Sol. Paseamos por el casco antiguo, entramos a ver la Iglesia de San Esteve, y su entorno, donde se encuentra la Casa de la Vall, sede del parlamento andorrano, y nos dirigimos al hotel para ducharnos, vestirnos y disfrutar del motivo que me había hecho elegir Andorra como destino de este verano: El Circo del Sol y su espectáculo Scalada Stelar. (El gobierno de Andorra y algunos de las empresas más importantes del país, para atraer turismo estival, le pagan al Circo del Sol el mes entero de julio las actuaciones, que si quieres verlas de pie son gratuitas),








Llegamos una hora antes del comienzo, aunque teníamos que haberle hecho caso a la chica de la oficina de turismo y haber llegado solo con quince minutos de antelación, ya que nosotros teníamos los asientos reservados. A cada actuación acuden diariamente cinco mil personas y las colas eran para aquellas personas que no tenían asiento. Nosotros nos sentamos en un lugar privilegiado y disfrutamos de lo lindo del espectáculo. Bueno, menos Encarnuchi que cerraba los ojos cada vez que hacían un número peligroso. Tras una hora y media de ilusión, magia y puro espectáculo, salimos con la riada de gente y nos fuimos directos al hotel a disfrutar del castillo de fuegos artificiales y la botella de cava que esa tarde habíamos comprado y teníamos bien fresquita. Brindamos por nosotros y por los que nos odian.

Jueves, 27 de julio

Puntuales como Longines, nos encontramos a las ocho en el comedor para desayunar, ya con el equipaje preparado, así que antes de las nueve ya estábamos recogiendo el coche y programando a Montse para que nos llevara al Valle de Arán (que significa valle de valles). Pasamos por la aduana por el carril de nada que declarar y ni siquiera nos miraron; ahí es donde te arrepientes de no haber llevado el coche lleno de alcohol y tabaco.



Todo el recorrido fue por paisajes de ensueño, pero por carreteras de montaña, lo que hicieron que Fabi se encontrara mal. Hicimos una primera parada en Sort con el fin de comprar unos décimos de lotería en la famosa administración de la Bruixa de Or, tras un bonito paseo por la ribera del río Noguera Pallaresa, afluente del Segre, que nos había acompañado durante unas horas.




Tomamos café en la cafetería de la administración y continuamos nuestro viaje. La carretera cada vez tenía más curvas, pero el paisaje más bonito. Vimos un área de deportes fluviales en un ensanchamiento del río y paramos a hacer un descanso y tomar algunas fotos. Fernando y Encarnuchi se acercaron hasta la orilla, y yo me quedé con Fabi que estaba muy mareada.



Aún quedaba lo peor, la ascensión al puerto de la Bonaigua, y ahí sí que hubo que parar porque Fabi lo vomitó todo. La carretera era una pura curva, y además te encontrabas vacas en muchos tramos. Por fin llegamos a la estación de Baqueira Beret y pudimos contemplar todo el Valle de Arán, y a la izquierda el glaciar del pico Aneto.



La bajada fue aún peor que la subida con curvas de casi 360 grados, pero el paisaje era espectacular. Después del fuerte descenso empezaron a aparecer los pueblos del valle: Baqueira, Salardú, Arties, Garós y ya nuestro destino; Viella.



De nuevo, Montse nos dejó en la misma puerta del hotel: Eth Pomer (un hotel con mucho encanto). Como aún no podíamos acceder a la habitación, dejamos el equipaje en recepción y nos fuimos a tomarnos una cerveza y a estirar las piernas.



Siguiendo las recomendaciones de la recepcionista fuimos a almorzar al restaurante "El Oso" a probar los platos típicos de la cocina aranesa. La calidad y el precio lo hacen un lugar recomendable. Tras la botella de vino, el café y las risas, fuimos a acomodarnos a nuestras habitaciones y echarnos un ratillo en la cama. Esta vez no estábamos en la misma planta, ya que nosotros estábamos en una habitación abuhardillada en la tercera, y Fernando y Encarnuchi en la primera.



Las vistas de la montaña desde la habitación eran maravillosas, relajaba solo con mirar el paisaje, y la temperatura, ideal. No había aire acondicionado, ni falta que hacía, ya que no pasábamos de los 22 grados.



A Fabi se le había roto el móvil, pero el que compramos no éramos capaces de ponerlo en marcha. Bajé a recepción a preguntar que dónde podía llegarme para que lo miraran, y la recepcionista me dijo que se lo bajara para echarle un vistazo. Con una paciencia infinita y una amabilidad fuera de lo normal, Laia me lo entregó funcionando; ¡no sabía cómo agradecérselo!



Quedamos abajo y nos fuimos a patear el pueblo de arriba a abajo y de un río a otro. Es un pueblo precioso, todo rodeado de verdes montañas, tranquilo, limpio y que ofrece todo tipo de servicios; daba gusto pasear por él. Visitamos la iglesia románica de Sant Miquèu, que alberga la escultura más preciada y emblemática de todo el valle: el Cristo de Mijarán.




Después fuimos a la confluencia de los dos ríos de Viella: el riu Nere y el Garona, paseando por la ribera de este último hasta salirnos del pueblo. Siguiéndola podríamos haber llegado hasta Francia.



Ya estaba oscureciendo, así que volvimos al centro del pueblo y entramos en una vermulería que habíamos visto al mediodía. Se trata de un establecimiento pequeño regentado por una pareja de barceloneses, con un vermú riquísimo y un trato muy familiar; fuimos tres veces más de lo que nos gustó. Para no movernos mucho, justo al lado había una terraza con buena pinta y nos pedimos una botella de vino, unos patés del valle y una tabla de quesos, quedando muy satisfechos.



Dimos un paseo bajo las estrellas y nos fuimos a la cama a disfrutar del fresquito y de dormir tapados (con la que estaba cayendo en el resto de España)



Viernes, 28 de julio


Había leído muchos comentarios acerca del desayuno del hotel, aunque creo que se quedaron cortos. ¡Qué variedad y qué calidad! Tanto en lo dulce como en lo salado. No sabías qué ibas a comer, y qué rico estaba todo.



Tras ponernos las pilas con la comida, nos dirigimos al aparcamiento central de Viella con el coche, ya que de aquí partía la excursión gratuita que nos ofrecía el hotel. Llegamos los primeros y hubo que esperar al guía y a los otros excursionistas que venían de distintos hoteles.



 A las nueve y media nos distribuimos en coches y el guía, Patxi, un muchacho de 21 años, se montó en uno de ellos y nos pidió que lo siguiéramos (nosotros nos pusimos justo detrás de él, pegados como lapas). El destino estaba a unos cuarenta minutos en plenos pirineos y por una carretera de montaña. Nada más salir del pueblo, tres coches se perdieron y no nos seguían. Paramos a esperarlos pero no aparecían, así que el guía decidió continuar sin ellos. ¡Qué paliza me dieron estos tres diciendo que no les parecía justo! Al final nada más llegar a nuestro destino: La Bassa d´Oles, aparecieron los que faltaban. Éramos unas 25, personas y tres niños (uno, un auténtico coñazo, casi más que sus padres) y empezamos el recorrido.




Tras rodear la balsa, antiguo criadero de truchas y un lugar de ensueño empezó la subida por un camino de cabras pero con una vegetación exuberante. El destino era ver las marmotas y una de las mejores vistas del pico Aneto. Paxti llevaba un buen ritmo e hizo breves paradas para explicarnos detalles del lugar. Comimos fresas salvajes, que el cabrón de Fernando encontró y ya todo el mundo ,una vez que las conocía y sabía que eran comestibles, se puso a buscar.



Tras dos horas de caminata apareció el glaciar del Aneto con su majestuosidad. Quince minutos después llegamos al final del recorrido; una cabaña con una fuente de un agua congelada para merendar algo. Alguien dio el aviso de las marmotas y pudimos verlas a una cierta distancia, pero antes de poder acercarnos, apareció una mujer con cuatro perros enormes y las marmotas huyeron dando unos silbidos agudos que resonaban en toda la montaña.




Nosotros sacamos las manzanas y una bolsa de frutos de secos, ya que con la "jartá" de desayunar que nos habíamos dado, no apetecía nada más. Los demás sacaron los bocadillos. Fue un rato de risas, de muchas fotos y de disfrutar de un lugar idílico rodeados de montaña, verde y caballos y vacas pastando.




Tras media hora iniciamos el camino de vuelta, esta vez por una pista forestal que llevaba hasta la carretera donde había una máquina de cadenas antigua. Como sabíamos que no tenía pérdida, Fernando y yo nos adelantamos para ir a nuestro ritmo y no tener que aguantar al niño coñazo.



Fueron otras dos horas de caminata ininterrumpida disfrutando del paisaje y respetando nuestros silencios. Fabi y Encarnuchi entablaron conversación con el resto del grupo y se enteraron de la vida de todos los excursionistas. El guía se asustó un poco cuando vio que habíamos desaparecido, pero estas lo tranquilizaron al decirle que éramos montañeros expertos.



Hubo un momento que hasta yo me mosqueé, ya que no llegábamos nunca a la máquina, pero al fin apareció, y Fernando se empeñó en hacerse una foto montado en ella. A los quince minutos, llegó todo el grupo, y ya todos juntos iniciamos el duro ascenso hasta la balsa. Nos despedimos de todos y salimos los primeros en dirección a Viella, (ya el puto mono estaba dando tarascadas).





Dejamos el coche en el aparcamiento cerca del hotel, y sin cambiarnos, fuimos a hacerle una visita a nuestro amigo Pere, el de la vermulería, y tomarnos el aperitivo allí. Nos habían recomendado un restaurante buenísimo cerca del río Garona, pero al llegar, nos preguntaron que si teníamos reserva y como no era así, nos dijeron que era imposible ya que todo estaba lleno hasta las cinco. Dimos una vuelta por el pueblo, pero viendo que lo que ofrecían no era mejor que lo que habíamos almorzado el día anterior, nos fuimos de nuevo al Oso a seguir probando platos del lugar. A las cuatro llegamos al hotel para ducharnos y echar la siestecilla; había sido una mañana agotadora.



A las seis ya estábamos otra vez en el porche del hotel esperándonos para seguir conociendo el Valle de Arán. Esta tarde tocaba conocer los pueblos de la zona, especialmente Arties, que viene recomendado en todas las guías. Está a unos seis kilómetros de Viella y en nada estábamos paseando por sus calles. El casco urbano es un placer para los sentidos, así como sus vistas desde la distancia. Posee el encanto de los pueblos de montaña; casas con tejados picudos y empedradas callejuelas, así como la compañía de los dos ríos; Valarties y el Garona.



Subimos a visitar La Iglesia de Santa María y las ruinas del castillo, pero solo pudimos verla por fuera y el interior a través de un cristal, ya que son visitas guiadas y nosotros no teníamos reserva. Es uno de los mejores ejemplos del románico catalán.



Mientras estos paseaban por el cementerio que hay detrás de la iglesia, yo me fui a sentarme a fumarme un cigarro y vi un recorrido de una hora que llevaba a una ermita. Les propuse hacerlo, y aunque no estábamos vestidos para andar, al final me siguieron. Tuvimos que pasar por una cuadra, ortigarnos e ir apartando vegetación para hacerlo, pero el sendero mereció la pena. La vuelta al pueblo la hicimos por la margen derecha del río Garona y daba alegría ver tanta agua por todos lados, así como las vistas del pueblo desde arriba.



Empezaba a caer la tarde y nos dirigimos a Viella de nuevo. La plaza estaba llena de gente y nos acercamos a ver lo que sucedía. Había bailes y música tradicional del Valle. Estuvimos un rato, pero a la tercera canción, Fernando y yo, les dijimos a estas que las esperábamos en la vermulería. Echamos un rato de casque muy entretenido con Pere y su mujer probando vermús. Tuvo un detalle con nosotros y nos puso, aparte de las patatas fritas, un plato de espetec. Ya nos despedimos de ellos.



Fabi y Encarnuchi nos estaban esperando, así que fuimos a buscar un sitio donde picar algo. Otra vez quesos y paté. Llegamos al hotel con la idea de tomarnos una última bebida en el salón cuando Laia nos dijo que nos invitaba a un chupito de un licor típico de la zona. Estuvimos hablando un rato con ella agradeciéndole su amabilidad y ya nos fuimos a la cama.


Sábado, 29 de julio

Hoy no fuimos los primeros en el comedor; se nos adelantaron algunos clientes. Parecía como si no quisiéramos abandonar aquel lugar. Hoy probamos de todo lo que había, ya que no queríamos abandonar el hotel sin probar todas las delicias que te ofrecían en el desayuno. Mientras estos terminaron, me salí a fumarme un cigarro y mantuve un rato de charla con el hijo de los dueños del hotel, agradeciéndole el trato recibido.



Ya bajamos el equipaje, y nos despedimos de todos, sabiendo que íbamos a echar de menos ese lugar tan maravilloso. Nuestro destino era Teruel, por ver si de verdad existe, así que programé a Montse para que nos llevara hasta allí. Atravesamos el túnel de Viella, que ahora es un lujo pasar por él, no como cuando estuve de viaje de estudios con mis alumnos. Poco a poco el paisaje de los Pirineos se despedía de nosotros y entrábamos en tierras aragonesas. Parecía como si hubiéramos cambiado de país. Tras dos horas de conducción, paramos en Barbastro para tomar café y hacer el cambio de conductor (desde el primer día yo no había conducido, ya que a Fernando le encanta hacerlo y yo iba más a gusto de copiloto) pero no hubo manera de encontrar aparcamiento, así que lo hicimos unos kilómetros más allá, en un área de servicio. Fue bajar del coche y comprobar la realidad del verano.

Tras dos horas y media, ya estaba de conducir hasta los cojones, cuando vimos que había una salida hacia Cariñena (sinónimo de buen vino) y hacia allí que me dirigí. Aunque era media mañana, no podíamos pasar por ese emblemático lugar de vinos sin tomarnos uno. A estas nos les apetecía, así que se fueron a visitar el pueblo mientras nosotros degustábamos los ricos caldos del país. ( Para los que luego dicen que en mis diarios solo hablo de cerveza, en este, les gana el vino.) El calor empezaba a apretar.



Cambio de conductor y ya hasta nuestro destino final del día. Cuando casi estábamos llegando a Teruel, vimos la salida hacia Albarracín y hubo cambio de planes, ya que daba lo mismo visitar este pueblo al mediodía que luego por la tarde. Después de cuarenta minutos apareció ante nuestra vista Albarracín, considerado como uno de los pueblos más bonitos de España.



Dejamos el coche en el aparcamiento municipal y creímos llegar al mismo infierno; ¡la hostia qué calor! Después de los veintidós grados de los días anteriores chocamos con la puta realidad; casi cuarenta grados. Era hora del almuerzo y habíamos visto un restaurante con buena pinta antes de dejar el coche, así que subimos y pedimos mesa. Ni con el aire acondicionado se estaba a gusto. Pedimos cuatro menús, que aunque algo caros (veinte euros) te daban a probar la cocina local. ¡La madre que parió a los aragoneses! Con aquello podrían haber comido diez personas. Estaba recomendado por Tripadvisor y se entiende el porqué. Después la chica que nos atendió nos dijo que con dos menús podríamos haber podido almorzar los cuatro; ¡a buenas horas mangasverdes! No hubo cojones de terminar con tanta comida, y mira que estaba todo riquísimo.




Con la tripa a reventar y un calor de la hostia empezamos nuestra visita subiendo hasta los aledaños de las murallas. Buscábamos las sombras como los perros y queríamos morirnos. Después fuimos al casco histórico, y a pesar de la hora, estaba todo lleno de turistas tirados por los rincones.



La localidad está declarada Monumento Nacional por la belleza e importancia de su patrimonio artístico y realmente merece la pena su visita, pero yo recomendaría hacerla en otra estación.



Subimos hasta la Catedral del Salvador, junto al castillo, pero había que pagar por visitarla, así que nos dedicamos a fotografiar las vistas que se tienen desde allí.



Callejeando y buscando el río Guadalaviar (que no es ni más ni menos que el Turia una vez que pasa por Teruel) llegamos hasta el aparcamiento donde estaba el coche. Yo estaba deseando montarme para encender el aire acondicionado y dejar ese infierno.



Yo sabía que había otra carretera para ir a Teruel, así que hubo que engañar a Montse que no paraba de decirnos: " Recalculando el recorrido". Hasta que se hartó, y nos buscó esa otra carretera. La idea era no volver por el mismo sitio, y lo que nos encontramos, sin querer, fue un regalo de la naturaleza.
Íbamos por una pista forestal asfaltada metidos de lleno en los Pinares de Rodeno, que es un paisaje protegido y parque cultural de Albarracín. El suelo de los pinares está formado sobre un substrato de piedra arenisca roja, llamada rodeno, que los agentes atmosféricos ha modelado con unas formas muy pintorescas. Además aquí se encuentran varias cuevas con pinturas rupestres de gran valor cultural.




Y por si faltaba algo, vimos una especie de cabras monteses atravesando el camino. Fabi casi se marea, pero valió la pena la improvisación.

Llegamos cerca de las seis a Teruel, de nuevo nos llevó hasta la puerta del hostal: "Los amantes de Teruel" Se trata de un hostal muy cerca del ascensor que te lleva al centro histórico de la ciudad y ese fue el motivo de escogerlo, aunque las habitaciones eran un poco pequeñas y sin aire acondicionado, solo con un ventilador, lo que fue un poco incómodo por el calor que hacía. Nos duchamos, y salimos a hacer la visita de la ciudad. Justo cuando estábamos fotografiándonos con los amantes, empezó a llover, aunque en vez de refrescar, casi que trajo más calor.


Desde aquí nos fuimos a la Plaza del Torico; ¡que también tiene cojones el tamaño del bicho! Nos sentamos en una terraza de la plaza a tomar algo. No era hora de nada, así que me pedí un gintonic de Larios 12 que me sentó de maravilla.



Un poco más relajados, empezamos el recorrido de las Torres Mudéjares declaradas Patrimonio de la Humanidad, y al mismo tiempo pateando todo el centro, que por cierto es una ciudad muy pequeña.



Seguía el calor asfixiante y la mejor forma de combatirlo era sentarnos en una terraza a tomar algo fresquito. La plaza del Torico estaba llenísima de gente y buscamos una calle cerca donde parecía que corría algo de fresco para sentarnos. Nos tomamos una cerveza y como vimos que se llenaba de gente, pedimos allí mismo algo para cenar y probamos el vino de Teruel.



Era nuestra última noche de viaje, así que antes de irnos a la cama, Fernando y yo nos tomamos algo en la Plaza mientras estas daban una vuelta. Nos equivocamos camino del ascensor y hubo que preguntar, aunque sirvió para llegar a un puente con unas buenas vistas de la ciudad.



Domingo, 30 de julio

Tras una noche muy calurosa en la que costó conciliar el sueño, subimos de nuevo al centro a desayunar y comprobar que Teruel seguía existiendo. No había muchas cafeterías abiertas, así que nos sentamos en una de esas modernas en las que te tienes que servir tú (¡una mierda!) y ya sí que fuimos a recoger el equipaje y afrontar las siete horas que nos separaban aún de Granada.



Otra vez fuimos turnándonos, aunque la parte más difícil, aunque también la más bonita ya que íbamos en todo momento siguiendo el curso del río Turia, la hizo Fernando. Ya en Utiel, tomamos la autovía de Madrid Valencia, que iba a reventar de coches. La abandonamos para tomar la A43, y paramos a tomar café en San Clemente. Desde ahí cogí yo el coche hasta la parada del almuerzo cerca ya de Despeñaperros, aunque el restaurante donde lo hicimos, a pesar de tener una buena comida, nos hizo perder dos horas por lo lentos que atendían y te traían el almuerzo.

A las cinco y media llegábamos sin novedad a Gójar y me sentí aliviado porque no sabía cómo respondería el coche en un viaje de más de dos mil kilómetros. ¡Prueba superada!


Tenía muchas ganas de volver a los Pirineos, ya que cuando estuve allí de viaje de estudios con mis alumnos me enamoré del lugar. Es mejor de lo que recordaba, y si no fuera porque están a tomar por culo, sería un destino a repetir todos los veranos. Ha sido un placer volver a viajar con Encarnuchi y Fernando, con los que el buen rollo está asegurado. Tengo que recomendar el hotel Eth Pomer porque es un lugar encantador con un entorno de película. Entiendo cuando Pere nos contó que lo habían dejado todo por vivir en el Valle de Arán. El tiempo nos ha acompañado y nos hemos quitado una semana de pasar calor, en un lugar idílico. Gracias a Fernando por la "jartá" de conducir que se ha pegado; yo no hubiera sido capaz de aguantar tanto. Gracias a mi Mazda 6 por portarse tan bien y gracias a Montse por llevarnos a todas partes sin perdernos nunca y por su paciencia. Ha sido un viaje maravilloso: con buena compañía, buenos manjares, buenos vinos y mejores paisajes.















sábado, 22 de abril de 2017

Escapada al Parque Nacional de Doñana y los Lugares Colombinos

Sábado 8 de abril


Tenía ganas ya de viajar de nuevo con Víctor y Aroa; que han sido nuestros compañeros de viaje hasta que se fueron a Uruguay. A partir de su marcha, decidí empezar este diario porque se habían perdido de mi memoria muchos de los recuerdos que teníamos de todos los que habíamos organizado juntos: Camino de Santiago, Asturias y Cantabria, Londres, Frankfurt, Milán, Malta.

Encontré una oferta irrechazable en; Busco un chollo.com , no solo por el destino (que no lo conocía) y por el precio, sino porque el hotel donde íbamos admitían mascotas. Fue comentárselo a Victor y al saber que podían llevar a Nala y nosotros a Bonica, no lo dudó ni un momento. Pero mascota, significa un animal de menos de ocho kilos y por lo visto lo suyo es un caballo. Fue un jarro de agua fría, pero como ya estaba pagado el alojamiento, seguimos con el viaje para adelante, dejando a las perrillas .

A las ocho de la mañana ya estábamos esperándolos en la puerta de su piso con mi coche nuevo. Cargamos su equipaje y decidí conducir yo hasta la parada del desayuno. En menos de dos horas ya estábamos en el Mesón de los Cazadores, a unos cuarenta kilómetros de Sevilla. Nos pedimos unos cafés con unos molletes de zurrapa y otros de jamón ibérico. Con la barriga ya llena, Víctor cogió el coche y no me devolvió las llaves hasta llegar de nuevo a Granada.



Nuestra primera parada fue en la Aldea del Rocío, un pueblo, que pertenece al municipio de Almonte, que es famoso por la peregrinación a su ermita. Te cobran un euro solo por dejar el coche en unas calles que ni siquiera están asfaltadas. Aunque no era época de peregrinación, estaba lleno de gente, de caballos, carrozas y de puestos de souvenirs. Entramos en la ermita y aunque no estaba permitido hacer fotos, yo hice algunas. Dimos una vuelta por la plaza y nos hicimos la típica foto con el Charco de la Boca o Marisma Madre de fondo.





Nuestro alojamiento estaba en Matalascañas, pero para aprovechar bien el viaje, hoy pararíamos para hacer nuestras primeras dos visitas antes de soltar las maletas. A escasos metros de la salida del Rocío, se encuentra el Centro de Visitantes de La Rocina, uno de los cuatro senderos que íbamos a realizar para conocer el Parque Nacional de Doñana;



Doñana es un complejo mosaico donde se mezclan las lagunas, las dunas, las marismas, los pinares, los cotos, los caños... Un laberinto de agua y de tierra, paraíso de muchas especies de flora y de fauna, especialmente aves.



El sendero del Charco de la Boca comienza en el patio delantero del centro de visitantes La Rocina, y aunque hay bastantes indicaciones, no estaría de más que te dieran un folleto allí. (Por eso he puesto el enlace.) Tiene una longitud de unos 3,5 km. y se desarrolla en varios trazados contiguos que permite realizarlo en función de tus intereses o tiempo del que dispongas.



Empezamos el recorrido visitando la choza rociera, donde pudimos contemplar sus características constructivas, que utilizaban como materiales los recursos que el medio disponía: troncos de eucaliptos, sabinas o pinos y castañuela de la marisma.



El recorrido se dirige hacia el arroyo (sobre una tarima de madera) a través de un pinar donde abunda el pino piñonero, hasta el primer observatorio que es el último tramo del arroyo, en el que el cauce se vuelve ancho. Hay muchas aves que pueblan estas aguas y que hacen de este sitio su lugar de cría; calamones, garcetas y garza real, entre otras.



A continuación el sendero se adentra en la Algaida del Carrizal a través del afluente del arroyo, que lo cubre con una abundante vegetación.

Seguimos el recorrido hasta acceder al segundo observatorio sobre el arroyo y tras este aparece la Algaida del Meloncillo, otro caño que lleva agua hasta el arroyo. En ambas orillas el suelo se ha cubierto de un denso helechal que cubre el cauce.



Fabi vio algunos espárragos y nos dedicamos a buscar más. Aunque no los cogimos, porque estaba prohibido, podríamos habernos llevado un buen manojo. Entre risas volvimos hasta el centro de visitantes.



Continuando por la misma carretera por la que habíamos llegado hasta allí, a unos siete kilómetros se encuentra el Palacio del Acebrón, desde donde parte el segundo sendero que íbamos a realizar: El Charco del Acebrón.



La historia del palacio es al menos curiosa, así como encontrar en la nada este edificio neoclásico que fue el sueño y la ruina de su promotor; Luis Espínola Fondevilla. Se ubica en la finca de la Rocina y su construcción data de mediados del siglo XX. Él quería que su casa le hiciera famoso. Sin embargo, la diabetes hizo que pasara sus últimos días en un cuartillo pequeño en la aldea del Rocío, propiedad de su guarda, Jarilla, que le acogió. Después de estar abandonado, se ha convertido en un centro de visitantes y una visita obligada porque realmente es hermoso.



Paseamos por todas sus salas y subimos hasta la terraza, donde al ir a hacerme una foto con la estatua del vigilante casi me la cargo y nos caemos los dos. Víctor se meaba de risa mientras me la hacía.



Tras visitar el palacio, nos adentramos en un recorrido de kilómetro y medio con una frondosa vegetación en la predomina el bosque de rivera. Cerca del agua, grandes fresnos flanquean el camino hasta llegar a la primera de las pasarelas y hay un mirador precioso sobre el Charco del Acebrón .



Ya el hambre empezaba a picar y el mono de la cerveza a pegar tarascadas en la espalda, así que nos montamos en el coche y nos dirigimos al hotel, deshaciendo el camino y tomando la carretera que va dirección a Matalascañas. Aunque llevábamos GPS, me sabía de memoria dónde se encontraba el alojamiento, en la cuarta rotonda justo enfrente de las vallas que separan el parque del pueblo. Aparcamos en la calle, muy cerca del hotel, y descargamos el equipaje. Nada más llegar, y mientras nos daban las habitaciones, nos ofrecieron una copa de cava de bienvenida, con la que brindamos por nosotros.



El Hotel El Cortijo es un un establecimiento de cuatro estrellas que asemeja a un cortijo andaluz. Es un lugar tranquilo y muy bonito con todo tipo de servicios. El alojamiento es como una pequeña casita, montada con muy buen gusto. Soltamos las maletas y nos fuimos directos al comedor ( teníamos pensión completa). La comida era en plan bufé, muy variada y con platos calientes que te preparaban sobre la marcha. Nos hicimos una buena ensalada, nos pedimos unas cervezas, agua y de plato fuerte probamos un poco de todo. De postre también había mucha variedad, y Fabi, con lo golosa que es, se echó de todo. Estábamos en la tierra de las fresas, así que nos servimos unos buenos platos de ellas acompañadas de caramelo y chocolate.



Fuimos a deshacer el equipaje, pero como hoy jugaba el Real Madrid con el Atlético, Víctor y yo nos dirigimos a la cafetería a verlo. Nos pedimos unos gintónics, y a disfrutar o sufrir del partido, ya que cada uno somos de un equipo. Los cubatas eran un pelín caros, seis euros, así que aprovechando el hielo que había en la copa, y que yo me había traído una botella de Larios 12 y tónicas, me fui a la habitación a rellenarlo. Víctor se reía de que fuera capaz de hacer eso. Durante el partido, Aroa se echó una siestecilla y Fabi se acercó a ver la playa, que se encontraba a unos diez minutos andando. Llegó en la segunda parte, se sentó en un sofá y dio una cabezadilla con las gafas puestas.



Al final hubo empate, así que todos contentos, o al menos yo. Esta tarde tocaba hacer un recorrido por dunas. Bajamos a la playa  pero el recorrido comenzaba al final de esta, y estábamos a casi media hora del punto de partida. Subimos a por el coche y nos acercamos al hotel El Gran Coto en él, no sin dar un montón de vueltas por las dichosas direcciones prohibidas.

El sendero Dunar tiene una longitud que se extiende a lo largo de 25 km. pero nosotros íbamos a recorrer solo un kilómetro y medio, que es el que parte de los jardines del hotel. En él se pueden apreciar varios subsistemas; desde las zonas de dunas embrionarias, que son las que empiezan a formarse en la playa cuando los vientos arrastran a las arenas y las acumulan en cualquier obstáculo del relieve, hasta el primer corral en el que aparecen ya árboles de gran porte. La primera parte está salpicada de enebros y sabinas. Los primeros corrales próximos a la playa están cubiertos por varias especies de hierbas y arbustos, mientras que en los corrales interiores crecen bosquetes de pinos que sirven de refugio a la fauna.



Nos sentamos en un mirador desde donde se contemplaban unas vistas preciosas y que merecían un momento ZEN. ¡Pollas, y esto va para la Chari!



Volvimos por el mismo camino y fuimos a probar el agua del océano y a sentarnos en la arena. Aroa y Fabi metieron los pies en las heladas aguas. Había algún valiente bañándose, pero la gran mayoría del personal estaba tomando el sol o disfrutando de los juegos en la arena.





Ya era tarde y nos fuimos al hotel para cenar. Menos mal que fuimos pronto, porque el hotel se había llenado por completo. Ya no había aparcamiento. Al llegar nos dijeron que durante este fin de semana era gratuito pero tuvimos que dejar el coche bastante lejos. El comedor estaba casi lleno, nada más entrar se formó una cola enorme en la puerta del mismo, ya que hasta que no se levantaba una mesa no podías entrar, y mira que era grande. Cenamos más de la cuenta, es lo que tiene que la comida esté tan rica, y fuimos a ducharnos. Preguntamos en recepción que dónde podíamos tomarnos una copa, ya que el pueblo es residencial y no habíamos visto nada. Amablemente nos dieron un mapa del lugar y nos señalaron la zona de copas y restaurantes. Aparcamos el coche en pleno mogollón y fuimos a buscar algún lugar donde tomar algo. Había uno muy animado con música en vivo, pero Víctor no quiso entrar allí por si lo sacaban a bailar, así que entramos en otro donde la amenización corría a cargo de un DJ. Nos pedimos unas cervezas artesanas (es que somos alérgicos a la puta Cruzcampo) y disfrutamos de una velada de música y de risas. Estábamos muy cansados y nos fuimos a mi habitación a tomarnos un cubata antes de acostarnos, quedando para bajar a desayunar a las ocho.


Domingo, 9 de abril



Casi estábamos preparados cuando Víctor llamó a la puerta metiendo bulla (¡me encantan las personas puntuales, y mi hijo lo es el que más!) Tomamos un buen desayuno, y antes de las nueve ya estábamos preparados y montándonos en el coche para afrontar otra jornada completísima. Hoy tocaba visitar los Lugares Colombinos. El viaje apenas duró cuarenta minutos, pero a mí se me hicieron mucho más cortos porque les estuve leyendo, mientras duraba, toda la información que llevaba sobre dichos lugares. Víctor como buen alumno mío, mandó callar y todos estuvieron muy atentos a la lectura y a las explicaciones que daba. Nuestra primera parada fue en el Monasterio de La Rábida, emplazado en un lugar maravilloso desde se podía contemplar toda la desembocadura de la unión de los ríos Tinto y Odiel. Hicimos fotos al monumento a los descubridores y nos fuimos directos a la taquilla para ser los primeros en entrar, tanto, que aún permanecía cerrada.



Como era Domingo de Ramos, accedimos a la iglesia del monasterio, donde un cura, con una voz aburrida, estaba dando la misa. Decidimos hacer cambio de planes e ir a los muelles de La Reina y al de las Carabelas mientras abrían, que están a apenas cinco minutos del monasterio.



Desde el Muelle de la Reina admiramos unas bellas vistas del encuentro de los ríos Tinto y Odiel antes de desembocar en el Océano Atlántico. La marea estaba baja y las barcas se encontraban varadas en la arena. En dicho embarcadero se encuentra el Ícaro sobre el monolito al Plus Ultra, el aeroplano que realizó el primer vuelo entre España y América.



La idea era visitar el Muelle de las Carabelas. Se trata de un museo en el que se ha recreado cómo era el puerto desde el que Cristobal Colón y los Hermanos Pinzón partieron un tres de agosto de 1492 con unos noventa hombres con las carabelas La Pinta y La Niña, y la nao Santa María. Las réplicas de las carabelas fueron realizadas para la celebración del V Centenario del descubrimiento de América en 1992. Desgraciadamente estaba cerrado por obras de restauración, así que tuvimos que conformarnos con hacer fotos desde fuera del recinto.



Cruzamos el puente sobre los ríos para acercarnos al Monumento a la Fe Descubridora, o monumento a Colón como popularmente se le conoce. Se trata de una monumental estatua de 37 metros de alto que fue donada por Los Estados Unidos como expresión de amistad a la Nación cuya generosidad y clara visión hicieron posible el descubrimiento de Cristobal Colón.



Deshicimos el camino y llegamos de nuevo al Monasterio, que ya sí que estaba recién abierto. En la taquilla, una muchacha muy simpática nos vendió las entradas junto a una audioguía gratuita que nos acompañaría durante todo el recorrido y te iba contando la importancia que tuvo ese lugar para el descubrimiento.



Corría el año 1485 cuando Colón llegó por primera vez a este monasterio franciscano. Estando hospedado, encontró un importante apoyo especialmente por fray Juan Pérez y fray Antonio Marchena, ayuda tanto científica como espiritual, y que además le pusieron en contacto con la corona y marinería de la zona. Ellos mismos sirvieron de enlace para ponerlo en contacto con Martín Alonso Pinzón, un rico armador que le proporcionó ayuda económica y reclutó los hombres necesarios para emprender el camino; una nueva ruta hacia la India.



Del edificio destacan la iglesia, la sala capitular y los frescos cubistas del patio junto a la entrada, entre otros, pero lo que más nos gustó fue el claustro mudéjar. Los arcos de ladrillo decorados con macetas de coloridas flores aportan gran belleza a los restos de los frescos mudéjares originales que decoran los pasillos del claustro.




Después de recorrer cada una de las zonas en las que se divide el monasterio y, gracias a las explicaciones de la audioguía, empaparnos de la historia colombina e imaginarnos a sus protagonistas recorriendo esos mismos pasillos en los que nosotros estábamos, salimos en busca de nuestro siguiente destino.




Moguer, el pueblo natal de mi buen amigo Juan Ramón Jiménez, es una población pequeña de apenas veinte mil habitantes dedicados casi en su totalidad al cultivo de la fresa y que alberga en su patrimonio relevantes rincones que merecen la pena conocer. 




En apenas diez minutos pasamos de un lugar relevante en el descubrimiento de América a otro que está declarado como Bien de Interés Cultural de los Lugares Colombinos.

Nada más llegar a la Plaza del Cabildo, donde se encuentra la estatua de Juan Ramón Jiménez y la de Platero, empecé a maldecir, y estos se acojonaron. Había un niño subido en Platero, el mismo niño que me había puesto de los nervios en la visita al Monasterio, ya que no paró de dar por culo y toquetearlo todo sin que sus padres ni sus abuelos le dijeran nada. Esperamos a que se hicieran las fotos, y por fin nos tocó a nosotros. Mientras me la hacía empecé a recitar el principio de Platero y Yo. Creían que lo estaba leyendo, pero lo decía de memoria.




Desde aquí empezamos la visita al pueblo paseando por las calles más emblemáticas. En las esquinas había fragmentos de poemas del escritor y no me salté ni una. 




Paseamos por el Monasterio de Santa Clara, donde Colón y la tripulación, que quedó, pasaron la noche rezando tras el viaje a América, por la Casa del Almirante, el Convento de San Francisco y la Iglesia de Nuestra Señora de Granada, en la que entramos ya que había terminado la misa del Domingo de Ramos y aún estaban bendiciendo las palmas.




Vimos una bar que se llamaba El patio de los Leones, y como nos recordó a nuestra Granada y además tenían cerveza Alhambra, pues allí que nos sentamos a tomarnos el aperitivo. Le dije al camarero que si me dejaba hacer una foto al grifo de la cerveza y le conté de dónde veníamos y la sorpresa de que allí no vendieran Cruzcampo. Se enrolló muy bien y nos puso una tapa de habas "enzapatás", que era el aperitivo típico de allí.




El camino de vuelta a Matalascañas duró un suspiro, y como toda la zona de bares, y restaurantes estaba a la entrada del pueblo paramos a tomarnos una cervecilla. Los aparcamientos estaban atiborrados y conseguimos uno de un coche que acababa de salir. El motivo no era otro que la playa de la Torre de la Higuera estaba allí al lado y es de las pocas que cuenta con aparcamientos. No bajamos porque las mejores vistas se tenían desde arriba.



Buscamos un bar, y no dejaron de abordarnos el personal de los restaurantes ofreciéndonos su locales y manjares. Los precios eran bastante económicos, pero al tener pensión completa. iríamos al hotel a almorzar. No hubo manera de encontrar ninguno con cerveza que no fuera Cruzcampo, pero como nos estábamos meando, decidimos entrar en uno cualquiera.



Aunque era tarde, en el comedor no faltaba de nada. Volvimos a hartarnos de comer y les pedí un tiempo de siesta. Aroa pensaba bañarse en la piscina y tomar el sol un rato, pero se quedaron ellos también dormidos y esta vez me tocó a mí despertarlos. 

Aún nos quedaba una última entrada al Parque de Doñana. A unos cuatro kilómetros de Matalascañas camino del Rocío, se encuentra el Centro de Visitantes del Acebuche. 



No pedimos información porque sabíamos que nos dirían que todo estaba señalizado, pero sí que preguntamos por la hora del cierre, que era a las ocho. Teníamos dos horas para hacer el recorrido de unos seis kilómetros.




En las inmediaciones del centro se encuentran los itinerarios señalizados que se conocen en su conjunto como Senderos de la Laguna del Acebuche. Se trata de dos senderos, aunque en realidad es uno continuación del otro. Caminando por la tarima de madera, tomamos el desvío a la derecha que nos acercaba a las lagunas del Huerto y de las Pajas con sus cinco observatorios acondicionados desde los que se divisan las aves que habitan estos humedales: cigüeñas, garzas, garcetas, calamón, ánades...




Volviendo sobre nuestros pasos iniciamos el otro recorrido, el de la Laguna del Acebuche. Este es mucho más seco y la vegetación diferente. Nos acercamos a los distintos observatorios, y ya viendo que la hora se nos echaba encima nos dimos prisa para salir antes de las ocho.




Llegando a la cafetería del centro de visitantes, Aroa empezó a maldecir en todos los idiomas, ya que la entrevista de trabajo que tenía en Madrid se la habían aplazado y ya tenía comprados los billetes de tren sin derecho a devolución. Los invité a tomar algo mientras intentaba restarle importancia al hecho contando alguna pollada. Un poco más tranquilos abandonamos el parque y fuimos directos a ducharnos. Otra cena entre risas.



Para bajar la comida, les propuse ir a la zona de bares andando, y aunque a ninguno le hacía gracia, logré convencerlos; total, estaba a solo veinticinco minutos. En el pub de la noche anterior, donde había baile, hoy había un dúo cantando copla española y un ambiente muy bueno, así que decidimos entrar, aunque avisando Víctor, que él bajo ningún concepto bailaría. Nos pedimos unos cubatas y disfrutamos viendo el arte de la gente bailando, así como escuchando lo bien que lo hacían los músicos; una pareja ya un poco mayor, pero con  un estilo excepcional. Hoy no había apenas turistas, solo lugareños que se conocían entre todos. Ya casi que me estaba animando a salir a la pista, terminó el concierto. La vuelta se hizo más rápida, aunque dijimos a Fabi que nos indicara ella el camino, y no sabía ni dónde estaba.

Nos tomamos la penúltima copa en mi habitación y quedamos para desayunar a las nueve con el equipaje ya preparado.




Lunes, 10 de abril


Casi  a las diez menos cuarto salimos camino de Sevilla, que también tiene cojones que tengas que pasar por la ciudad cuando tú no quieres ir allí. Nos chupamos muchos semáforos, y por fin vimos la autovía que llevaba a Carmona; nuestro próximo destino. Había barajado varias posibilidades, ya que no teníamos ninguna prisa, por haber quedado anulada la entrevista, así que después de buscar información, decidimos hacer una visita a este pueblo de la Campiña Sevillana.




Aparcamos el coche cerca de la Puerta de Sevilla y cogimos un plano en la Oficina de Información Turística, dejando para el final la visita al Alcázar, que hoy era gratuita. Fuimos callejeando por los lugares históricos de la ciudad hasta llegar a la Puerta de Córdoba, en el otro extremo de la población. Carmona está cargada de historia y todos los pobladores desde la prehistoria han pasado y se han establecido en ella: tartesos, cartagineses, romanos, musulmanes y posteriormente los cristianos.




Durante el reinado de Pedro I se construyó el Alcázar de Arriba ( Parador Nacional de Carmona) y se restauraron los dos existentes, y es cuando la población adquiere muchos de los rasgos de su fisonomía actual. En la época moderna se edifican los conventos, los palacios y el resto de edificios de arquitectura civil. Bajamos hacia la Puerta de Marchena, de la que apenas queda nada,  y callejeando nos topamos de nuevo con el Alcázar de la Puerta de Sevilla. Después de subir hasta la parte más alta y echar unas cuantas fotos, fuimos en busca del coche y partimos hacia Paradas para almorzar allí.




Llegando al Palomar, un diseminado de cortijos y mi primer destino como maestro, pude comprobar que ya la escuela unitaria no existe, pero no me dio tiempo a comentar nada, porque llamaron a Aroa de otra empresa para interesarse por su currículum. La señal del móvil se iba, así que tuvimos que parar en mitad de la campiña en un lugar donde sí había cobertura. 



Ya en Paradas, busqué la casa donde vivíamos, pero no recordaba el lugar exacto, solo la calle. Entramos en el Bar Montero y pedí unos serranitos, que era mi tapa preferida de aquel pueblo, pero el hijo del dueño me dijo que ya no la hacían. Al contarle que había estado allí trabajando hacía treinta y dos años, salió el padre; un hombre ya mayor, y dijo que como algo excepcional nos los podrían preparar. Pedimos unas raciones de bacalao, otra de revuelto de setas y un lomo riquísimo. 




Preguntamos por mi compañero, amigo y mentor Cobano, y nos dijeron que ya estaba jubilado, pero que su hijo era el alcalde del pueblo y muy querido por todos lo vecinos. Buscamos su casa para saludarlo pero estaba cerrada y no se veían señales de vida. Un transeúnte, al vernos por allí, nos dijo que pasaba muchas temporadas fuera. Le dejé una nota en el buzón y reanudamos el camino.




Llegamos sobre las seis a Granada y dejamos a Víctor y a Aroa en su piso. Por fin pude recuperar las llaves de mi coche.


Voy a terminar como empecé; tenía ganas ya de viajar de nuevo con Víctor y Aroa. Es tan fácil la convivencia con ellos. No hacen falta palabras para entendernos. Son la pareja ideal para ir de viaje y nos lo pasamos tan bien, nos reímos tanto...

En cuanto al destino, me han sorprendido mucho las posibilidades que ofrece un lugar que yo había tenido siempre como lugar de veraneo y playa, que también lo es. El enclave es ideal para visitar el Parque Nacional de Doñana y los Lugares Colombinos. Tenía muchas ganas de pasear por las mismas calles que me conocía de memoria de la lectura de Platero y Yo, de conocer el pueblo natal de uno de mis escritores preferidos. Ha sido una escapada corta, pero muy intensa, cargada de cultura y de naturaleza.